—¡Qué nombres y qué artistas!... Cuánto celebro ver que las solteronas están tan favorecidas...

—¿Por qué no habían de serlo?—preguntó la Melanval.—Las solteras encierran bastantes mujeres de bien para tener el derecho de enorgullecerse con las mujeres de talento que figuran en sus filas.

—Con más motivo—añadió la abuela,—porque no pueden ustedes citar personas vivas. Nada asegura que no se casarán...

—Sí—dijo la Fontane,—se han visto casos en estos últimos tiempos.

—Hablen ustedes de las mujeres de bien—dijo la Melanval;—será más edificante...

—Ahí tenemos a Celestina—exclamó Francisca dirigiendo una sonría a la anciana criada que entraba en este instante para llevarse las tazas del té y todo lo que nos molestaba. Pero Celestina hizo como que no había oído.

—Las mujeres de bien solteronas son demasiado numerosas—siguió diciendo la Fontane.—Creo que habría que nombrarlas todas para no cometer error. ¿Qué solterona no ha contribuido al bien de la familia o de la sociedad?...

—La señorita Bonnetable—aseguró Francisca.

—Silencio, Francisca,—exclamó la abuela.—El carácter de la señorita Bonnetable no le impide ser muy buena en el fondo.

—Sí, señora—respondió Francisca,—en el último fondo, en el sitio que no se ve ni se oye, es buena y dulce como el azúcar.