—No me importa—aseguró la Roubinet,—mi estómago le recibe muy bien.
—El mío no—dijo dulcemente la Sarcicourt.—El médico me prohíbe los licores fuertes... Una gotita de leche, Magdalena, si usted gusta.
Cada cual tuvo al fin lo que deseaba, y la conversación se volvió a animar.
—¿Cree usted—dijo Genoveva dirigiéndose a la Roubinet,—que las solteronas cuentan en sus filas muchas literatas distinguidas?
—¡Cómo! Genoveva—dijo la Fontane,—¿olvida usted a nuestra ilustre Eugenia de Guerín?...
—No, pensaba en ella, así como en Clarisa Bader y en la Bremer. Pero no conozco muchas más.
—¡Cómo!—exclamó la Roubinet con indignación.—¿No conoce usted a la señorita de Marchef, que compuso un libro titulado «Las mujeres, su pasado, su presente y su porvenir...»? ¿Ni a la señorita Bertin, que hizo un volumen coronado por la Academia Francesa y hasta compuso dos óperas?... Hay además Miss Frances Brown, poetisa; Miss Martineau, la ilustre filósofa de opiniones un poco atrevidas... Miss Cummins, Miss Sedwick, Miss Wetherell, Miss Lothropp, Miss Johnson, americanas cuyas obras habrá usted leído; Miss Pardoc y Miss Kavanagh, novelistas inglesas; las señoritas Poulet y Luisa Stappaerts, poetisas belgas; la señorita Gatti de Gamond, prosista de mérito; las señoritas Fleuriot, Marechal y Monniot, cuyas obras han hecho la dicha de las generaciones nuevas, y no sé cuántas más...
—¡Qué diluvio!—exclamó la abuela.—¡Cómo las solteronas tienen la pluma tan intemperante!... Ya no me extraña que Magdalena...
—¡Abuela!—imploré.
—La pintura—prosiguió la Roubinet poseída de su asunto—cuenta también solteronas de talento. No citaré a usted más que dos de las más ilustres: la gran artista holandesa María Van-Osterroyek, que vivió en el siglo XVII, y nuestra gran francesa Rosa Bonheur...