—¡Bah!—dijo la abuela.—¿Son las jóvenes sabias y las artistas en flor las que renuncian al matrimonio, o es el matrimonio el que no las quiere?
—La estadística se calla en este punto—respondió la Roubinet ligeramente confusa.—Pero he leído con gran satisfacción la vida de ciertas solteronas sabias o artistas—dijo con su énfasis habitual.
—¡Oh!—exclamó Petra.—Creo que sueña usted.
—No, por cierto—insistió la Roubinet.—Así, en literatura...
En este momento entró Celestina con una bandeja cargada de pasteles de perfumes variados, e interrumpió a la Roubinet.
—Suplico a usted que espere un poco—dije a la oradora.—Déjeme servir el té, pues sentiría mucho no oír a usted.
—Vaya usted, vaya, Magdalena—respondió la Roubinet muy halagada por mi petición.
—¡Qué delicioso perfume de flor de azahar!—exclamó Francisca apoderándose de un plato de mostachones para presentárselo a las invitadas.—Es un perfume de circunstancias... Hoy, fiesta de Santa Catalina, todo debe ser flor de azahar.
—¡Oh!—dijo haciendo monadas la Roubinet,—yo prefiero unas gotas de ron en el té... Si me hace usted el favor, Magdalena...
—¡Cuidado!—exclamó Francisca;—el ron es un perfume de coraceros...