—¡Bah! ya irá usted rebajando, hija mía—dijo la abuela con su dulce filosofía.—Y quiera Dios que no sea tarde—suspiró pensando en el teniente Cotorrac.

—Es lo que yo digo algunas voces a mamá—dijo Paulina un poco confusa por no ser de la opinión de su madre.—Mamá, que me quiere mucho, sueña para mí con una situación brillante, y... con diez mil pesos de dote... no sé si...

—¿Si conquistarás esa situación?—acabó Francisca riéndose.—Creo que no, mi pobre Paulina... Rebaja pronto... pronto... Ya quisiera yo tener que rebajar algo—gimió Francisca,—pero no puedo disminuir mis pretensiones a no ser que me case con un gañán, con un marmitón o con un mono vestido, lo que está lejos de ser tentador.

—¡Ah!—suspiró la Sarcicourt;—no estamos ya en los tiempos en que la gente se contentaba con una choza y un corazón...

—¡Dichosa época!—exclamó la Roubinet.—Pero si no tenemos ya esas graciosas costumbres, sepamos acomodarnos, como decía Máximo del Camp, al tiempo en que vivimos; sólo en esto reside el gran arte de la vida.

—La falta de salud—dijo la Fontane, llevando la conversación a su punto de partida,—asusta también a muchos pretendientes. ¿Qué hacer de una mujer enferma?...

—Cuidarla—murmuró Francisca con irónica piedad.—Pero esos hombres son tan detestables enfermeros...

—Es cierto—dijo la abuela,—que se debería vigilar escrupulosamente la salud de la mujer lo mismo que la del hombre en todos los matrimonios, y, en caso de incertidumbre, prohibirles una unión llena de peligros.

—¡Cómo!—exclamó asombrada.—Ahora es la abuela partidaria del celibato... ¡Qué conquista!...

—¿Y dónde me dejan ustedes el amor al estudio y la pasión por las artes?—interumpió la Roubinet.—En nuestra época hay muchas jóvenes que prescinden del matrimonio para seguir esa vía privilegiada.