Véase cómo la solterona se convierte en un objeto antipático cuando debiera ofrecer el más singular de los atractivos, el de un enigma que descifrar.

9 de diciembre.

¡Cuántas mudanzas en lo que constituye una vida de joven soltera!... Ayer todo era tranquilidad absoluta; hoy empiezo de nuevo a subir el calvario de una muchacha casadera... ¡Qué fastidio!... Y pensar que es el padre Tomás a quien debo esta resurrección de las complicaciones.

Esta mañana me previno la abuela que deseaba hacer conmigo algunas visitas por la tarde. A las dos subí a mi cuarto para ponerme el traje de rigor, cuando la abuela me hizo sufrir un examen imprevisto.

—¿Qué vestido te pones?

—El gris, corte de sastre.

—El gris... No, yo preferiría el azul marino con aquella linda pechera que tan bien te sienta. Debajo del abrigo de pieles ligeramente entreabierto, hace muy bien...

—Pero yo no tengo conquistas que hacer, abuela... ¿Cree usted útil que me ponga el traje número uno?...

—Sí... sí... ¿Qué sombrero?...

—El Santos Dumont.