En casa de la Roubinet, nada más que un diluvio de flores de retórica.

En casa de la Sarcicourt, absolutamente nada...

Me resigné fácilmente a pensar que el pretendiente—porque debía de haberlo—había llegado tarde al tren.

—Otro día será—pensé con alguna angustia ante la idea de volver a empezar las fases de mi atavío de conquista.

La abuela se encargó de desengañarme con una pregunta tan brusca como imprevista.

—¿Qué te parece el señor de Baurepois, Magdalena?

—Muy feo—respondí con indiscutible sinceridad.

—Sí, no es un Adonis, ya lo sé... Pero su corazón... su inteligencia...

—Su corazón, abuela, parece muy vasto a juzgar por la extensión y el número de las obras a que se dedica... Su inteligencia debe de tener las mismas dimensiones... Seguramente es un alma poco vulgar...

—¡Ah! querida—exclamó la abuela besándome con efusión.—Qué dichosa soy al oírte juzgar así al señor Baurepois... Temía que su físico...