—¿Su físico?...—respondí disimulando una sonrisa.
—Sí, temí que te impresionase contra él... Pero el padre Tomás, que es un hombre de gran talento, me había dicho que él conduciría la conversación de manera que quedases conquistada...
—¿Conquistada?... Entonces se conquista ahora a las muchachas con discusiones sociales...
—Las muchachas serias—respondió la abuela ligeramente ofendida,—tienen así ocasión de apreciar a un pretendiente... ¿Qué más quieren?
Solté una carcajada vibrante, prolongada, interminable.
—De modo, abuela, que el señor de Baurepois era un pretendiente...
—Ciertamente—balbuceó la abuela.—¿Por qué no?
—¿Y el padre Tomás ha tratado de encontrar una conversación seductora?
—Seguramente—dijo la abuela, que no comprendía mis preguntas.
—Pues bien, el señor de Baurepois es horrible y su conversación... cargante, como diría Francisca.