—¡Oh! estas muchachas...

—Figúrate una conferencia entre un señor que quiere salvar a Francia y su pobre mujer... Cada uno de sus desengaños recaerá en la desgraciada... Cada meeting fracasado será una ocasión de recriminaciones... Cada speech interrumpido constituirá un motivo de discordia... Y los artículos de los periódicos... Y los ataques personales... Y las perfidias de los amigos políticos... Figúrate el despertar por la mañana: «¡Ah! amiga mía, La Linterna se va a meter conmigo»—«No, amigo mío.»—«Sí sí, siento que voy a recibir alguna cosa desagradable.»—«Pero mi pobre Teodoro, te alarmas sin motivo.»—«Pues si no es La Linterna, será La Acción.»—«Nada de eso, está tranquilo. Además, La Autoridad te defenderá si te atanca.»—«¿Tú crees?»—«La Autoridad está en el caso de administrarme una paliza disimulada... Me defenderá criticándome.»—«Pues bien, amigo, espera para apurarte a que ocurran todas estas cosas.»—«¡Ah! así sois las mujeres, descuidadas, frívolas, egoístas... El padre Tomás me ha engañado sobre tu carácter. No tienes nada de lo que hace falta para un hombre de mi valía.» ¡Ay! abuela, no quiero despertar de esta manera...

La abuela se encogió de hombros.

—¡Qué niñada, Magdalena!... Estás desbarrando... Y yo que esperaba que la belleza moral del señor de Baurepois...

—Permíteme, abuela. No niego la belleza moral del señor de Baurepois... Es hasta probable que si yo conociera a ese señor un poco más, me gustaría bastante para olvidar a la larga las imperfecciones físicas que me ciegan por el momento. Esa belleza moral está demasiado oculta... El salvar a Francia es hermoso, no digo que no, pero, entre nosotras, yo no tengo tanta ambición. Mi alma burguesa estaría más conforme con una dicha más tranquila y menos ilusoria... Un marido que me hiciera feliz es todo lo que yo pediría.

—Y bien, el señor Baurepois...

—Temo que me aburriría mortalmente.

—Trate usted de gustar a una muchacha...—murmuró la abuela con una desesperación que hubiera sido cómica a no ser tan sincera.—Oye—me dijo dejándome para no ceder a la tentación de regañarme,—quiero creer que no es esa tu última palabra. Tengo los informes más perfectos sobre el señor de Baurepois. Como fortuna y como relaciones no encontrarás cosa mejor... Es un hombre serio... Reflexiona.

Y la abuela desapareció sin dejarme decir una palabra.

De modo que estoy lucida... Después del señor Desmaroy, el señor de Baurepois... De Escila a Caribdis... ¡Qué agradable situación la de una joven casadera!...