Esta mañana he entrado triunfalmente en el comedor con un gran librote debajo del brazo. La abuela retrocedió espantada.

—¡Dios mío, Magdalena! ¿te vas a examinar?

—No, abuela querida, estoy haciendo un examen.

—¿A quién? ¿De qué?—exclamó sorprendida.

—De la cuestión de las solteronas...

—Cuestión tonta y detestable idea—respondió la abuela enfurruñada.—Mejor harías de decirme qué te pareció aquel joven moreno que estaba ayer en el rosario al lado de la señorita de Sarcicourt.

—Un joven moreno... en el rosario... al lado de la señorita de Sarcicourt... No le reparé.

—Sí, sí, recuerda bien...

—¡Dios mío! otro pretendiente...

—¿Por qué no?