—Porque no quiero... No me hables de eso, abuela, te lo ruego. ¿Cómo quieres que haya encontrado a un joven que no he visto?

—Si tú...

—No, no, que no se me hable de matrimonio... Por el momento pertenezco a las solteronas... Abuela—proseguí tiernamente,—no puedes querer que me case con un caballero porque es moreno, porque va al rosario y porque está al lado de la señorita de Sarcicourt...

—Es una garantía.

—¿El ser moreno es una garantía?—dije dando una carcajada.—¡Ah! querida abuela...

Y aprovechando la alegría que se leía en el semblante de la buena señora, cambié bruscamente de conversación.

—¿Sabes—dije,—que las leyes, según este librote, se acordaban en otro tiempo con la religión para condenar el celibato?

—¡Ah!—suspiró la abuela,—eso era sin duda en el tiempo en que se hacían aún buenas leyes...

—Era en el tiempo feliz en que florecían los hebreos, los indos, los persas, los griegos, los romanos, los germanos...

—¿Y qué me importa a mí toda esa gente?