—Un poco de paciencia, si quieres—exclamé volviendo unas hojas.—Los hebreos tenían enteramente tus ideas sobre el matrimonio.

—No te comprendo, Magdalena. ¿Adónde vas a parar?

—Continúo el sermón del domingo.

—¿Cómo?

—Buscando si las leyes estaban de acuerdo con las ideas religiosas...

—Y has encontrado.

—Que todas las legislaciones no han hecho más que confirmar lo que estaba ya edictado en las diferentes religiones.

—¿Y eso te interesa?

—En extremo.

—¡Qué nieta tan rara!—exclamó la abuela encogiéndose de hombros.—¿Estás ahora ocupada de las solteronas?