—Sí—respondí suspirando,—el matrimonio de inclinación es considerado como un suceso raro y muy peligroso. Todos predican las peores calamidades a los que se dejan llevar al matrimonio por un cariño apasionado. Lo que no obsta para que yo encuentre odioso casarse en las condiciones ordinarias...
Estaba yo tan nerviosa por las interminables discusiones que había tenido que sostener con la abuela en los últimos días, que me eché a llorar. Genoveva me abrazó.
—¡Oh! no llores, Magdalena... Qué niña eres... Nadie te obliga a casarte... Sé razonable...
Razonable... Que si quieres... Cada vez lloraba más... La de Ribert parecía consternada y Genoveva, para consolarme, acabó por llorar también.
—No llore usted así, Magdalena, hija mía... Su abuela de usted no piensa obligarla al matrimonio.
—No, señora—respondí entre dos sollozos,—pero todas ustedes me encuentran poco razonable y novelesca porque no puedo decidirme a casarme con un hombre a quien no conozco. Es ese juicio lo que me hace daño, mucho daño en el corazón...
—¡Bah! tontuela, nadie juzga a usted así—me dijo con bondad la de Ribert.—No llore usted más, no sea niña...
—Tranquilízate—añadió Genoveva enjugándose los ojos, muy encarnados.—Te lo ruego; me das pena...
Al fin logré dominarme y me decidí a guardarme el pañuelo en el bolsillo.
—Vamos, ¿se acabó la pena?—me preguntó amablemente la de Ribert dándome un beso.