—Así lo espero—dije mientras se me saltaban otra vez las lágrimas por el tono de la pregunta y por el beso maternal de la buena señora.
En cuanto me tranquilicé un poco, expliqué a aquellas señoras que había algo en mí que se negaba absolutamente al matrimonio con un desconocido.
—Sí—exclamé,—no puedo, no podré nunca decidirme...
—Pues bien—respondió la de Ribert, que comprendió que no era el momento de insistir,—espere usted, la cosa no corre prisa... Si Dios quiere que usted se case, él sabrá enviarle el marido que la convenga.
—Sí, sí—añadió Genoveva.—Hablemos de las solteronas... Eso distraerá a Magdalena.
Pronto recobró mi alegría su vivacidad habitual. Al contar mis últimas impresiones sobre mi asunto favorito, hablé del deseo de saber lo que piensan los hombres que no se casan.
—¿Para qué?—preguntó la de Ribert un poco asombrada.
—Para comprender sus motivos de celibato. Puesto que hay solteronas recalcitrantes que lo son a pesar suyo, tendría curiosidad de saber los motivos que alegan esos caballeros para despreciarlas de ese modo.
—La falta de dote y las pretensiones de las jóvenes casaderas son motivos suficientes—dijo Genoveva.—No veo qué más puedes desear para informarte...
—Sí—repliqué—hay además otra cosa. No me harás creer que el egoísmo está bastante extendido en la tierra para que no haya otros motivos serios que expliquen ese abandono del matrimonio... Además—añadí bajando los ojos a la chimenea, que ostentaba un hermoso fuego,—no pueden ustedes figurarse qué curiosa estoy por saber si hay entre los hombres algunos que piensen como yo... Debo de poseer un alma hermana que se asuste de casarse con una desconocida.