—¿Y quisieras conocer a esa alma hermana?—preguntó con curiosidad Genoveva sonriendo.
—Puede ser—dije sintiendo que me ponía colorada.—Quisiera al menos saber si existe...
—Vean ustedes esta joven razonable que quisiera hacer un estudio del natural—exclamó la de Ribert sonriendo...—Después de todo—añadió después de una corta vacilación,—¿por qué no?...
—¡Cómo!—exclamó Genoveva.—¿Qué diría la de Sermet?
—Sí, comprendo, hija mía, pero no se trata de Magdalena... ¿Por qué no he de hacer yo lo que no puede hacer ella? Yo tengo ya la edad de la razón.
—¡Oh! señora—exclamé con ardor arrojándome en sus brazos.—¡Qué buena es usted!...
—No, no tan buena... Sabe usted que hace mucho tiempo que me ocupo en cuestiones femeninas... Me gusta tener datos precisos. Algunas veces, esto entre nosotras, he escrito a un periódico para obtener informes... Ese periódico se llama «Preguntas y Respuestas». Inserta las preguntas que se le envían, y entre sus lectores o lectoras, hay siempre personas de buena voluntad que dan una respuesta cualquiera... ¿Quiere usted que trate de tener lo que desea en su lugar?...
—Sí, pero ¿cómo?—dije interesada.
—No es difícil poner un anuncio pidiendo las noticias que deseamos. Los que quisieran dar respuesta dirigirían sus misivas al periódico, y éste me las transmitiría bajo sobre con iniciales.
—¡Oh! sí—respondí llena de entusiasmo.—Haga usted eso por mí, señora... Genoveva, corramos a pedir permiso a la abuela...