—No, ve tú sola—dijo Genoveva riendo de mi entusiasmo.—Tu abuela se va a enfadar y no me atrevo a ser yo la que haga semejante petición.
—Anda Genoveva, te lo suplico—dije abrazándola.—La abuela te lo concederá todo... Sabe que eres tan buena y razonable...
—¿Qué hago?—preguntó Genoveva a su madre.—¿Debo arriesgarme?
—Sí—respondió la de Ribert.—Bien puedes hacer eso por Magdalena.
El tiempo de echarse una falda, de ponerse los guantes y el sombrero, y Genoveva estuvo pronta a acompañarme a casa de la abuela, que se quedó sorprendida de nuestra entrada repentina. Costole mil trabajos ponerse al corriente de lo que queríamos y empezó por llenarse de indignación en cuanto supo poco más o menos de lo que se trataba. Se calmó un poco al oír las dulces razones de Genoveva y acabó por enviarnos al padre Tomás, sin cuya opinión no podía pasarse en semejante caso.
—La cosa se sale tanto de las conveniencias...—murmuró la pobre abuela consternada.—En verdad, no sé si estáis locas o si soy yo la que no está en el movimiento de ideas moderno... ¡En qué siglo vivimos!...
Genoveva nos acompañó a casa del padre Tomás, que, felizmente para nosotras, tiene la indignación menos fácil que la abuela. El cura escuchó con atención las explicaciones de Genoveva, la cual se abstuvo, sin embargo, de hablar de mi deseo de encontrar un alma hermana. Un poco sorprendido al principio, movió largo tiempo la cabeza antes de responder... Era seguro que vacilaba.
—¡Dios mío!—dijo por fin,—si fuese Magdalena la que pusiera ese anuncio, diría que era imposible de todo punto...
—Así lo comprende mamá—hizo observar Genoveva.
—Pero la señora de Ribert, a quien todo el mundo conoce como mujer seria, inteligente y ocupada en trabajos intelectuales, puede perfectamente hacer lo que le plazca. No veo ninguna razón para negar la autorización solicitada.