—Entonces, señor cura, suplico a usted dos letras para la abuela... Sería capaz de no creernos...
—Esperen ustedes—dijo el cura lleno de condescendencia.
Cogió una tarjeta y escribió debajo:
«¿Por qué impedir el vuelo de un pajarillo? Hay más grandeza verdadera en lanzarse por encima de lo convencional que en permanecer obstinadamente atado a lo vulgar...
»Todos mis respetos.»
—Gracias, señor cura, gracias de todo corazón—exclamé con un intenso acento de triunfo.
—Calma, calma...—dijo el cura.—Si su cerebro de usted se pone en ebullición, retiro el permiso...
Una dulce sonrisa de Genoveva le tranquilizó. Y nos fuimos rápidamente a casa. Celestina tuvo mil trabajos para seguirnos a nuestro paso.
—Abuela—dije con expresión vencedora dándole la carta del cura,—aquí tienes la respuesta que esperabas.
La abuela se sujetó las gafas con cuidado, cogió la tarjeta, la leyó, la releyó, la meditó y dijo finalmente encogiéndose de hombros: