—El cura descarrila... y vosotras también.
—¡Oh! abuela—dije horriblemente alarmada,—¿niegas el permiso?
—No... haz lo que quieras. Francamente, no puedo hacerme a estas costumbres nuevas... Escribir a un periódico... Poner un anuncio... ¡Y qué anuncio!...
—Gracias, abuela, gracias de todos modos—exclamé con transporte.
—No hay de qué—respondió la abuela.—Pasa por el mundo entero una especie de viento de locura... No me habléis más de todo esto—concluyó volviéndonos la espalda.
La de Ribert, que esperaba una oposición obstinada de la abuela, se quedó sorprendida de nuestro éxito.
—Bueno—dijo alegremente,—aprovechemos el permiso y ocupémonos del anuncio. Aquí tenéis el que he redactado durante vuestra ausencia.
«Persona seria que hace estudios sobre las solteronas, desea conocer los motivos que alejan a los hombres del matrimonio. Respuesta a las iniciales A. B. C. Oficinas del periódico.»
—¿Qué pensáis de esto?
—¡Perfecto!—exclamé saltando de alegría.—Pronto, un sobre... ¡Oh! señora, qué agradecimiento... Qué feliz soy...