—Espere usted, Magdalena—dijo la pobre señora de Ribert, aturdida por mi turbulencia.—Espere usted; hacen falta aún mil cosas. Qué niña...
Por fin salió la carta... Volví a casa, donde encontré a la abuela casi repuesta de su exceso de indignación, y ya me encuentro alegre como... me falta término de comparación.
Cuánto quisiera tener rápidamente una respuesta.
22 de diciembre.
¡Nada!... No hay respuesta... Qué largo es esto...
Hoy, el día en que recibe la señora de Brenay, hemos ido a verla. También ha ido Francisca y su madre, Paulina y la señora de Aimont. Se habló mucho del baile blanco que da la señora de Geraumont con motivo de los esponsales de su hija, que se casa con un riquísimo banquero. Los Geraumont son unos opulentos molineros retirados de los negocios y no tienen la suerte de agradar a lo que se llama «la alta sociedad,» que les pone mala cara.
—¿Vas a ese baile, Magdalena?—me preguntó Petra.
—Magdalena no sale más que en la intimidad—respondió la abuela.—Una huérfana no está en su lugar en reuniones muy numerosas.
—Pero es un baile blanco—observó la de Brenay.
—Sí, lo sé; pero es todavía demasiado mundano para Magdalena. ¿Y usted ha aceptado?—preguntó la abuela a la de Brenay.