—Los Geraumont no son de nuestra sociedad—respondió la de Brenay desdeñosa.

—¡Ah!—respondió sencillamente la abuela, que, a pesar de ser aiglemontesa, no admite tan sutiles distinciones.—¿Y usted, señora?—preguntó a la de Aimont.

—No me halaga el exponerme a bailar con los proveedores—respondió ésta.—Es un baile de comerciantes, de modo que...

—Pues nosotros aceptamos—dijo Francisca antes de que se lo preguntaran.—Siempre encontraremos algunos amigos para hacer banda aparte, y será divertido...

—Y, sobre todo, muy fino para la dueña de la casa—murmuró la abuela a la sordina.

—Me hace usted reflexionar—dijo la de Aimont.—Si estuviera segura de encontrar en casa de esa gente personas conocidas, puede que aceptase por Paulina... Hay tan pocas distracciones en Aiglemont...

La abuela logró apenas contener una sonrisa que yo adiviné en su mirada casi maliciosa. Demasiado inteligente para apreciar mucho esas estrecheces tan en boga en Aiglemont, la abuela cambió la conversación, que amenazaba ser funesta para los pobres Geraumont.

—¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?—preguntó sabiendo que así complacía a todas aquellas señoras.—La chica de Geraumont no es, sin embargo, la única joven casadera...

En este momento entraron otros visitantes en el salón, con tal estrépito, que la conversación se suspendió. Grande fue la sorpresa general al ver que eran el padre Tomás y la Melanval que se anonadaban mutuamente de testimonios de finura y se negaban a pasar el uno delante del otro. Por fin encontraron el secreto de ponerse de acuerdo precipitándose los dos a un tiempo a la puerta, lo que produjo un ruido espantoso y provocó una risa enorme en el interior del salón.

En cuanto se restableció la calma, siguió la conversación con toda su vivacidad.