—Señor cura—dijo la de Brenay,—háganos usted saber lo que piensa del desgraciado estado de cosas que íbamos a hacer constar una vez más; la dificultad de casar a las jóvenes que tienen un dote mediano...

—Y a las que le tiene pequeño—añadió la de Dumais con una convicción de las más sinceras.

—Lo cierto es—prosiguió la de Aimont,—que en nuestra población, como en otras muchas, hay muchas jóvenes cuyos padres viven en buena posición... Esas jóvenes no tienen ni más ni menos atractivos que los que tenían sus madres a su edad, y, sin embargo, no encuentran marido...

—Sí—convino el padre Tomás.—Ya he tenido una larga conversación sobre esto con la señora de Sermet y Magdalena. Nada se opone a que la continuemos... Las condiciones de la vida moderna aumentan considerablemente las probabilidades que tiene una muchacha para no casarse—dijo mirándonos una tras otra a todas las jóvenes presentes.—Los hechos están ahí, innegables, casi palpables...

—Destruya usted esos hechos, señor cura, destrúyalos usted—interrumpió Francisca con su petulancia habitual.—Es horrible condenarnos con hechos... y con hechos palpables...

—¿Y qué quiere usted que yo le haga?—objetó el cura.—En primer lugar, nacen indiscutiblemente más mujeres que hombres, al menos en Francia... Después la muerte se lleva más pronto a los hombres que a las mujeres, lo que hace el elogio de ustedes, señoras—observó graciosamente el cura,—porque prueba la pureza de su vida. El hombre paga sus locuras o sus debilidades... En tercer lugar, la aspereza creciente de la famosa lucha por la vida exalta los sentimientos egoístas en el hombre. «Tengo bastante para mí—se dice,—pero no para tres o cuatro, si tengo hijos...» Esta tendencia, por otra parte, no es reciente; Michelet hablaba de ella en su libro sobre la mujer.

—Y bien, ¿por qué no educar a las jóvenes con arreglo a este nuevo estado de cosas?—exclamó la Melanval.

—Es verdad—respondió el cura.—Últimamente he leído un artículo de Marcel Prevost...

—¡Oh!—balbució la Melanval con espanto.—Usted lee a Marcel Prevost...

—¡Los canónigos leen, pues, a Marcel Prevost!—murmuró Francisca con una apariencia de ingenuidad que no engañó a nadie.