—Los canónigos... no lo sé. En cuanto a los profesores, su deber es ponerse al corriente de todo lo que puede ser útil al cumplimiento de su misión y...
—Señor cura—dijo en tono lastimero la de Dumais,—perdone usted a Francisca.
—No hay nada en todo esto que necesite perdón. Francisca me hacía una pregunta y yo respondo... Los profesores están hechos para responder—añadió el cura con una buena sonrisa.—Decíamos, pues—dijo reanudando el hilo de sus ideas,—que Marcel Prevost se ocupaba en la cuestión del celibato y va hasta aconsejar que se eduque a las muchachas para ese estado. El escritor dirige a las jóvenes un discurso, muy bien hecho a fe mía, en el que les dice poco más o menos:
«Soñad con un marido, unos hijos y un hogar; es legítimo. Tratad de ser unas muchachas casaderas tan cumplidas, que el dejaros por cuenta atestigüe una inverosímil ceguera. Pero concebid paralelamente otro porvenir además del matrimonio para el caso de que no os caséis a pesar de todo... Sobre todo, no vayáis a meteros en la cabeza que vuestra vida quedará truncada si no habéis encontrado esposo. Hay algo que el celibato no perjudicará ni disminuirá, y es vuestra propia personalidad, o, más sencillamente, las probabilidades de gozar honradamente de la vida que os ofrecen vuestro corazón, vuestra inteligencia y hasta vuestras facultades físicas, desarrolladas con cuidado. El celibato no es, en suma, más que una desgracia negativa, la falta de una añadidura. Guardaos de jugar todo vuestro destino a un suceso que no depende de vosotras. Antes de ser esposas, antes de ser casaderas, sois personas; el perfeccionamiento de esa persona depende sólo de vosotras.»
—¡Bravo por Marcel Prevost!—exclamé con entusiasmo.—Todo eso es justamente lo que yo pienso... ¡Y qué bien dicho está!...
—Ya tenemos a Marcel Prevost elevado a la altura de un padre de la Iglesia—dijo la abuela descontenta de sus teorías.—¡Si nos vamos a preocupar de la opinión de los literatos modernos!...
—Querida señora—respondió el cura, otra vez en discordancia con su antigua amiga,—esa opinión tiene su valor... Mientras los novelistas tengan la especialidad de pintar las ideas de una época, habrá que tener en cuenta lo que ellos indican y...
—¿Son acaso las ideas de nuestra época lo que ese señor ha expuesto en el discurso que acaba usted de leernos?... ¡Ah! señor cura, jamás, jamás—respondió la abuela en un acceso de violenta indignación.—¿Qué madre tendría semejante lenguaje?
—Una madre prudente y lista—dijo el cura muy bajo.—Pero, en realidad, señora ¿se cree usted de esta época?... Usted, abuela, ¿comprende todos los pensamientos de su nieta?
—Verdaderamente no—repuso la abuela confusa.—Todo lo que oigo ahora es tan contrario a lo que se decía y se pensaba en mi juventud, que no puedo acostumbrarme... Esta Magdalena me trastorna.