—¿Yo?—balbucí sorprendida.—Diga usted más bien Marcel Prevost... En cuanto a mí, te engañas seguramente, abuela.
—No, no, sé lo que me digo... Ya estás entusiasmada por las teorías de ese caballero... ¡Ah! qué jóvenes las actuales...
—¡Ay!—gimió la de Dumais a modo de aprobación.
—¿Por qué educar a las jóvenes como se hace ahora?—dijo la abuela con más energía.—En mi tiempo éramos más prácticos y no educábamos a las jóvenes más que para esposas ni les inculcábamos cualidades o talentos más que para el matrimonio... Aquel era mejor tiempo.
—De eso habría mucho que hablar—respondió el cura moviendo la cabeza.—En la dichosa época de que usted habla, los prejuicios eran tales, que los padres no se atrevían a desarrollar en sus hijas una de las más puras pasiones de un gran corazón, el amor a la belleza... Entonces existían muchas mujeres para las cuales la cultura de la inteligencia y la generosidad del alma eran causas incesantes de lucha y de discordia con sus maridos...
—¿Y cree usted que se han acabado esos tiempos?—preguntó la de Aimont en tono de burla.—¿Los señores maridos se han vuelto tan perfectos que pueden apreciar la idealidad en sus mujeres?...
—Eso—dijo el cura confuso,—depende de las mujeres y... de los maridos.
—Sí—añadió la de Brenay,—sin contar que el intelectualismo exagerado de que padecemos no es muy apreciado por esos pobres maridos... ¿Qué se hace con una intelectual?—terminó con una sonrisa llena de malicia.
—Esa es una objeción pueril—respondió el cura.—Nunca el corazón de las mujeres encontrará mejor sostén ni un alimento más poderoso que el estudio de la Naturaleza. ¿Verdad, Magdalena?
—Predica usted a una convertida—dijo la abuela.—Magdalena piensa como usted... Usted es para ella la ley de los profetas... Sin embargo, admitiendo que tenga usted razón, ¿todas esas bellas cosas mejorarán la situación de las solteronas?... Esa es la cuestión.