—Por lo menos les harán soportar una situación que muchas de ellas no han creado ni deseado—respondió el cura,—pues en esta clase de cosas las costumbres pueden mucho... En Inglaterra una mujer no está obligada a tomar un nombre que no es el suyo para ser respetada. Los ingleses llegan hasta a encontrar muy práctica esa multiplicación de las solteronas...
—No me extraña—dijo Francisca,—los ingleses razonan siempre en contra del sentido común.
—No tanto, no tanto—murmuró el cura.—En estos tiempos está cada cual tan absorbido por sus intereses que no tiene tiempo más que para pensar en sí mismo. Ahora bien, las solteronas, que no tienen nada que hacer, están destinadas a pensar en los demás.
—¡Es delicioso!—exclamó Francisca con convicción.
—Es hermoso—dijo la abuela levantándose para despedirse.—Pero, sin embargo, ¿es esa la dicha?...
El cura contempló durante unos segundos la silueta de la abuela plantada delante de él como una verdadera interrogación.
—¿La dicha?—respondió.—La dicha se encuentra allí donde está el deber.
—¡Ay!—exclamó Francisca,—esa es la dicha a precios reducidos.
—Yo hubiera preferido otros deberes—replicó la abuela moviendo la cabeza con melancolía.
—Sí, ya sé... Pero el deber cambia con la época en que se vive.