—Puede ser—respondió la abuela.—La generación actual es eléctrica hasta en el deber... Tiene usted razón, señor cura, yo no soy de este siglo...
El saludo de la abuela se resintió de la tristeza de su última frase y careció, casi, de la tradicional reverencia. Las mías indicaron mi serenidad habitual. Yo estoy siempre contenta cuando se habla de las solteronas.
¡Cuánto voy a tener que escribir esta noche!...
Ya acabé... Qué suerte...
29 de diciembre.
Empiezan a llegar las respuestas... Soy feliz como el pez en el agua. Mi dicha está, sin embargo, un poco empañada por el aspecto frío de la abuela, cada vez más disgustada por las ideas de su nieta; así es que no me atrevo a hablar de este asunto espinoso y mi alegría es silenciosa.
La de Ribert, que es la bondad misma, ha venido con Genoveva para darme lectura de los primeros envíos. Hasta ahora no sirven para ilustrar mucho la situación: egoísmo, filosofía, mal humor y recriminaciones, esto es lo que nos dan las cuatro primeras muestras. La de Ribert asegura que esto es ya un éxito enorme que nos promete para los días siguientes cartas de un interés palpitante. Como yo no pido más que palpitar, espero...
«Bernardo Monastiel a una persona seria.
»Apreciable persona seria:
»Soy hombre y soltero.
»Confieso francamente que el matrimonio me tentaba bastante y hasta iba a sacrificar en su altar, cuando el Destino misericordioso me inundó de luz colocando ante mis ojos dos inocentes frases llenas de consecuencias.