»Una de ellas estaba concebida de este modo:
»Serás demasiado feliz si no tienes mujer.
»Ya me sonreía el ser feliz; ¿cómo resistir a serlo demasiado?
»La otra, con su laconismo, acabó lo que la primera había empezado:
»No hay nada tan hermoso ni tan bueno como el celibato.
»Menandro y Horacio son los únicos culpables... Sólo a ellos, señora, debe usted dirigir sus reproches... si los hay.
»Reciba usted, apreciable persona seria, el homenaje de todo mi respeto.
Bernardo Monastiel.»
—Esto es hablar para no decir nada—dije a Genoveva, devolviéndole la carta.
—No—replicó la de Ribert,—es el lenguaje de un amable egoísta... La belleza y la bondad del celibato son la eterna canción de los que rehuyen las cargas de una familia. Se pueden encontrar mejores razones...