—Empiezo la otra—exclamó Genoveva.—No nos detengamos en el egoísmo.
«X. Y. Z. a la señora...
»Señora:
»La pregunta que usted hace me hiere en lo vivo y me obliga a confesar una situación deplorable, en la que nos hallamos muchos jóvenes de mi edad, sin atrevernos a quejarnos.
»Nadie desea casarse más que yo. Desgraciadamente, no tengo fortuna. Siendo reducidos mis recursos, me es tan imposible encontrar una mujer rica, como casarme con una pobre.
»Homenajes respetuosos.
»X. Y. Z.»
—¡Pobre mozo!—exclamé.—¿Cree usted que ese motivo es verdadero?
—Vaya si lo creo—respondió la de Ribert;—ese muchacho es absolutamente sincero. Ya conoce usted las pretensiones de las mujeres ricas, que jamás se casan con jóvenes pobres o sin gran porvenir... ¿Cómo casarse con muchachas sin fortuna, cuando la bolsa está mal provista?... Eso sería, como dice el proverbio, casar el hambre con la gana de comer.
—Es muy triste para los jóvenes—dije con compasión.—¿Cómo remediarlo?
—Es difícil—respondió la de Ribert. Hay en esto todo un problema de economía social que hace retroceder a las inteligencias más juiciosas.