—Retrocedamos, entonces, sin vergüenza—dijo Genoveva.—Propongo que las muchachas ricas se conformen con maridos sin fortuna, a fin de restablecer el equilibrio, puesto en peligro por la acumulación de riquezas en las mismas manos...

—¡Miren la socialista!—exclamé riéndome.—Esta Genoveva tiene teorías aventuradas. Si la oyese la abuela...

—¡Bah!—dijo Genoveva con serenidad.—Mi socialismo no hace daño a nadie, y estoy segura de que tu abuela lo aprobaría.

—En teoría, puede ser que sí. Pero en la práctica, puedes estar segura de que no sería lo mismo. Jamás me dejará la abuela casarme con un joven sin fortuna...

—Pasemos al número tres—dijo la de Ribert.—Es una linda muestra de los productos modernos, con una ligera tintura de bellas letras.

«Un perfecto egoísta a la Esfinge del Periódico de las preguntas y respuestas:

»Oh, Esfinge, que se oculta bajo la modesta apelación de «persona seria,» siento que es usted mujer joven y bonita...»

—Cuando se quiere mostrar ingenio—interrumpió la de Ribert,—se engaña uno algunas veces...

«Porque es usted esas tres cosas, respondo a su pregunta.

»No soy más que un vulgar egoísta, que, saturado de bellas letras, dice con Anaxándrides: