»Voy a casarme.—Tanto peor.—¡Cómo tanto peor!—Sí, es abrir tu hogar a todos los males: Si eres pobre y tomas mujer rica, serás esclavo hasta la muerte; si la mujer no tiene nada, serás más desgraciado, porque en lugar de un estómago, tendrás que alimentar dos...»

»Quisiera besar a usted la mano, amable Esfinge, pero no puedo...

Un perfecto egoísta.»

—El matrimonio pobre—dije riéndome,—es el efecto terrible. No había yo reflexionado en la cruel necesidad de alimentar dos estómagos, en lugar de uno...

—¿Dos?...—terminó Genoveva;—di más bien tres... cuatro... cinco... seis...

—¿Por qué no doce... o dieciocho?...

—Como en el Canadá—hizo observar la de Ribert.—Pero en el Canadá produciría vergüenza escribir semejante carta. Allí se considera una familia numerosa como una bendición divina. Mientras que aquí es...

—Una maldición—terminé, un poco pensativa.—Cómo huele esta carta a decadencia... El retoño de una raza fuerte, no escribiría una carta semejante.

—El espíritu caballeresco, Magdalena, está muy enfermo—respondió la de Ribert.—En ninguna de estas cartas se encuentra la más pequeña huella de él.

Cogí las cartas esparcidas en la mesa, y las recorrí con los ojos durante unos segundos.