—En suma—dije a modo de conclusión,—es el yo, siempre el yo lo que domina... Ninguna otra razón... ¿Piensan así todos los hombres, señora?

—Todos no, Magdalena, pero sí muchos. Note usted, hija mía, cómo se desprende de todas estas cartas el cuidado del bienestar personal... ¡Pobres mujeres!...

—Sí—suspiré.—Y pensar que van tan alegremente al matrimonio con individuos de ese género...

—Van muy alegres, es verdad... ¿Pero siguen estándolo?...—murmuró la de Ribert con inconsciente tristeza.

—Dios mío—exclamé para cortar las meditaciones de la de Ribert, que parecían dolorosas;—qué contenta estoy de aprender a conocer a los señores hombres... Nuestra averiguación me va a abrir horizontes enteramente nuevos. Con tal de que todas las cartas no se parezcan a éstas... Quisiera encontrar mi alma hermana.

—¿Y qué harás cuando la hayas descubierto?

—Nada—aseguré con toda convicción.—Lo quiero por amor al arte, y sólo para convencerme de que no soy un objeto descabalado en la gran feria del matrimonio.

—¿Sólo para eso?—repitió la de Ribert mirándome con atención.—¿Está usted segura de su imaginación y de su corazón, Magdalena?...

—No comprendo—exclamé estupefacta.

La de Ribert me besó con efusión por toda respuesta. Decididamente, cada vez comprendo menos...