1.º de enero 1904.

El mes de enero ha hecho su aparición esta mañana. La abuela está desolada.

—Piensa, hija mía—me dijo, cuando fui a cumplimentarla por el año nuevo,—piensa que tendrás 26 años en septiembre próximo... Es horrible.

—¿Por qué?... ¿tendré que matarme para no llegar a esta época nefasta?... Confieso que quiero conservar la cabeza y...

—No digas tonterías, Magdalena, ya me comprendes.... Tener 26 años y no estar casada, es humillante.

—Pues yo no siento semejante humillación.

—Tú no sientes nada, como todo el mundo... Pregunta a Francisca, a Petra y a Paulina, y a tantas otras, lo que pensarían si se encontrasen en una situación tan ridícula.

—¡Bah! se lo preguntaré cuando lo estén, porque llegarán como yo, querida abuela.

—No será por su culpa—respondió la abuela, dando un gran suspiro.—¡Ah! Magdalena, si tú quisieras...

Magdalena se hizo la sorda y ofreció a su abuela un almohadón bordado como recuerdo del día de año nuevo. Recibí, en cambio, un gran cuello de encaje de Venecia, del que tenía yo mucha gana, y que excedía mucho de los recursos de mi modesta pensión. La abuela, que es inflexible en la economía, me asigna 100 pesos al año para vestirme y para mis gastos personales. Con ningún pretexto puedo gastar más. Pero, por fortuna mía, están ahí el día de año nuevo y el de mi santo para corregir los rigores de mi presupuesto. Y la abuela es tan buena con su nieta...