Al salir de misa, las de Ribert me llevaron a su casa, para darme lectura de dos nuevas epístolas. En cuanto estuvimos instaladas en su saloncillo, Genoveva me puso en la mano las cartas en cuestión, y después, quitándome prestamente la corbata, me puso al cuello un delicioso lazo, obra maestra de sus primorosos dedos.
—Es mi aguinaldo—me dijo, abrazándome con todo su corazón.—Te deseo un buen año y... un alma hermana...
Sin recoger la broma, puse en las manos de Genoveva mi recuerdo de año nuevo, que era un velillo de butaca, pintado a mano. Genoveva pareció contenta de mi trabajo, y fui dichosa al ver su placer.
—¿Y las cartas?—dijo la de Ribert.—Pensemos en las cosas serias...
Iba a abrir una cuando se presentó Francisca.
—Estoy haciendo visitas—nos dijo al entrar,—a todas las personas queridas, para desearles un buen año.
Genoveva recibió sonriendo su entusiasta abrazo, cambiaron las dos sus regalitos, y nos pusimos a hablar al lado del claro fuego de los leños monumentales en uso en Aiglemont.
—¿Vamos a leer estas cartas a Francisca?—exclamó de pronto aturdidamente.
—«Las cartas a Francisca»—dijo la de Ribert, frunciendo las cejas,—son la propiedad de uno de nuestros novelistas...
—Sí, señora, pero yo no hablo de Marcel Prevost, sino de las cartas, de las famosas cartas...