—¡Niña charlatana! exclamó la de Ribert, cuyo fruncimiento de cejas comprendí entonces. No quería, evidentemente, que Francisca estuviese al corriente de nuestras averiguaciones, y yo había hablado como una tonta.

Viendo que no había modo de retroceder, la de Ribert explicó a Francisca el estudio que estaba haciendo sobre el celibato, pero se abstuvo de hacerme intervenir en el asunto. Francisca se quedó entusiasmada.

—¡Qué gusto, saber lo que piensan esos bribones de hombres, cuando no las echan de gran corazón!... ¡Cuánto me alegro de que me admita usted a conocer las lucubraciones de esos caballeros!...

—Y con más motivo—dijo la de Ribert,—puesto que encuentro que las dos cartas de que se trata, le convienen a usted bastante...

—¡Qué suerte!—dijo Francisca interesada.—¿Hay, pues, personas que me aprecian?... Esto me hará encontrar una novedad después de mi querida mamá.

—Genoveva, léenos esas cartas—dijo la de Ribert a su hija.—Francisca va en seguida a saber a qué atenerse...

—¡Qué!—exclamó Francisca;—si se trata de una reprimenda, me tapo los oídos; para esa ingrata tarea, basta con mi madre...

Pero era curiosa, y abrió las orejas cuanto pudo, a fin de no perder sílaba de una lectura tan poco común.

—Qué asombrados se quedarían los aiglemonteses si tuvieran noticias de una correspondencia escandalosa como ésta...—dijo, todavía, antes de callarse definitivamente.

—Se trata de un secreto entre nosotras—hizo observar la de Ribert,—y cuento con la discreción de usted, Francisca.