—¿Cuál hubiera usted borrado, Francisca?—preguntó la de Ribert con una sonrisa ligeramente burlona.

—¿Yo?... Ni uno, señora,—respondió Francisca muy convencida.—Todo eso es estrictamente necesario...

—Sí—dijo la de Ribert,—un gasto a que se está acostumbrado, se convierte, en efecto, en una necesidad. El período que precede al matrimonio es generalmente una amable suspensión de todas las facultades prácticas, y se tira el dinero por las ventanas... Es, con frecuencia, una fiebre de las más malignas, de la que las jóvenes se resisten durante algún tiempo... Y se acostumbra uno pronto a no calcular...

—¡Qué exageración!—exclamó Francisca.

—No, no exagero. Después de los esplendores de unos esponsales dichosos, vienen los faustos de la boda, completados por los gastos del viaje obligatorio... Los jóvenes que poseen pocos bienes, hacen las cosas tan regiamente como aquellos cuya fortuna está sólidamente establecida... Hace falta voluntad y energía para resistir a la corriente de los placeres y arreglar los gastos de tal modo, que se salve el equilibrio del presupuesto, conservando las apariencias de una vida acomodada... ¿Cree usted que las jóvenes modernas ven bien ese grave aspecto del matrimonio?...

—La verdad es que no lo sé—dijo Francisca.—Por mi parte prefiero confesar en seguida que no entiendo nada de todo eso.

—Ya ve usted—respondió sencillamente la de Ribert,—que el señor Marcelier tenía razón.

—¿Y la otra carta?—preguntó Francisca, queriendo cambiar de conversación.

Genoveva puso en la mesa la carta que acababa de leer, y cogió la reclamada por Francisca.

—Te prevengo—dijo riendo,—que esta carta no te va a gustar mucho más. Escucha.