»Puesto que desea usted conocer los motivos que alejan a los jóvenes del matrimonio, puede poner entre los más frecuentes, el que me atrevo a exponerle. La educación superficial y brillante de que sufren las jóvenes sin fortuna, y pertenecientes a cierta sociedad, es ciertamente una causa de celibato forzoso para ellas.
»Si con 800 pesos no puedo yo nivelar un presupuesto, qué dirán los que están reducidos a vivir con 400 ó 600 pesos...
»Mientras las muchachas pobres sean la reproducción exacta, en cualidades, defectos y gustos, de las ricas, que no se extrañen de que éstas sean preferidas.
»Someto mi caso y mis reflexiones a su alto juicio, y ruego a usted que se sirva aceptar mis homenajes.
»Pedro Marcelier.»
—¿Qué decís de esto, hijas mías?—preguntó la de Ribert.
—Es muy interesante—respondí pensativa. Iba a añadir:—«Y muy verdad,»—pero me contuvo el pensar que aquella carta aludía directamente a Francisca. No se podía hacer más claramente el proceso de su caso particular, y el de las jóvenes educadas como ella. Genoveva se abstuvo de hacer ninguna observación, por el mismo motivo. Francisca observó el embarazo general, y con su vivacidad de siempre, se apresuró a quitar al asunto todo carácter personal.
—¡Vaya un cargante!—exclamó.—Qué manía de hacer sumas y restas... Solamente en el registro se puede tener un gusto tan pronunciado por el cálculo y sus complicaciones...
—Siempre es útil saber contar—dijo dulcemente Genoveva.
—Sí, lo concedo—respondió Francisca en tono de condescendencia.—Pero ese señor, en vez de volver la espalda en seguida, pudo decir claramente lo que pensaba a la madre de la joven. Pudieron entenderse, economizar, borrar uno de los gastos...