»Esta perla estaba esta vez en un castillo de la Edad Media, muy pintoresco, a fe mía... Fui a él en la estación de la caza, y sufrí desengaño tras desengaño...

»Micaela S..., buena muchacha, fraternal como un diablo, camarada con exceso; tenía una conversación que indicaba demasiado que era, realmente, una hija de la Naturaleza...

»No podía decir tres palabras sin añadir una patochada y soltar una desvergüenza digna de un carretero. No pude hacerme a aquella fantástica educación, y llegué al colmo del asombro cuando le oí llamar a su padre: «Mi viejo Teófilo» y a su madre: «La buena Isabel.» Cerré la maleta, y volví a tomar el tren.

»He aquí el relato muy abreviado de mis tentativas matrimoniales, la más desagradable de las cuales, fue la de la camarada.

»Una camarada es la mujer a quien se prohíbe tener ese encanto femenino que nos cautiva; es la loca que firma riendo un contrato de igualdad, que es para ella un engaño... La camarada es la mujer que renuncia a las consideraciones que da la ternura, a los miramientos que da el respeto y a los matices que da el amor... La camarada es la mujer ante la cual se puede hacer todo, es la mujer con la que nadie debe casarse...

»Rogando a usted que me dispense tan larga misiva, suplícole que acepte la expresión de mis respetos.

»Juan Dormal,
»Capitán de Artillería.»

Cuando Genoveva terminó la lectura, nos quedamos todas en silencio. Francisca mordisqueaba la punta del pañuelo y columpiaba un pie puesto sobre el otro. Yo me reía en mis adentros de su evidente disgusto. Ella, que tiene por principio que la camarada es la mujer del porvenir, no podía evidentemente conformarse con este nuevo concepto de la camarada, y esto le hacía perder su buen humor acostumbrado.

—Este señor razona muy bien... ¿Qué os parece?—preguntó la de Ribert, echando una mirada a Francisca.

—Ese señor es un imbécil—dijo levantándose bruscamente.