—No te enfades, Francisca—exclamé, echándome a reír...—No te he oído nunca decir las palabrotas de que habla el señor Dormal... No se trata de ti.
—Sí, sí, sabes bien que todas esas frases sobre la camarada me dan en pleno estómago. ¡Ah! el muy idiota...
—¿Tu estómago?...
—No, ese capitán del diablo.
—Vamos, Francisca, tranquilícese usted—dijo la de Ribert.—Si hubiera previsto que estas cartas iban a contrariar a usted tanto, no se las hubiera leído.
—No lo sienta usted, señora—respondió Francisca con una vivacidad enteramente elástica,—soy yo quien lo ha pedido... Pero ese señor ridículo que afirma que no se casa nadie con la mujer camarada, se engaña... Yo me casaré—añadió con una expresión repentinamente endurecida,—diga lo que quiera ese señor y sus admiradores...
Estas fueron las últimas palabras de la fantástica Francisca, que dijo que nos dejaba porque tenía que terminar sus visitas de primero de año. En cuanto se marchó, me levanté para despedirme de aquellas señoras, pero la de Ribert me detuvo.
—Esta Francisca es alarmante, muy alarmante... Su gana de casarse le turba el entendimiento—dijo moviendo la cabeza con expresión meditabunda.
—¡Bah!—respondió Genoveva siempre indulgente.—Es esa una crisis por la que pasan muchas jóvenes... Ya pasará; te lo aseguro.
—Pero es una crisis peligrosa—observó la de Ribert;—su corazón y su cabeza se atrofian visiblemente... No se fíe usted, Magdalena... No debía usted decírselo todo a Francisca como lo hace.