—Siento en el alma haber iniciado a Francisca en nuestras averiguaciones, puesto que esto contraría a usted—respondí un poco confusa.—Me he arrepentido en seguida de mi indiscreción, y...
—Sí, hubiera preferido no ponerla al corriente de lo que hacemos—murmuró la de Ribert un poco ensombrecida.—Pero a lo hecho, pecho—añadió con su sonrisa habitual.—Esa Francisca desea demasiado casarse y ese deseo es chocante en una señorita...
—¡Bah! váyase por las que no lo desean bastante—dijo Genoveva.—Hay en esto un buen sistema de compensaciones...
La de Ribert no respondió, pero su cara expresaba una penosa ansiedad.
—Magdalena—dijo dirigiéndose a mí,—disminuya usted un poco sus relaciones con Francisca... Casi me dan ganas de hablar de esto con la señora de Sermet...
Genoveva y yo le suplicamos que no lo hiciese. Francisca es buena en el fondo, muy amable y muy divertida. No comprendo que se sea tan severa con ella. La de Ribert es un poco dura...
Por la tarde han venido a vernos todas nuestras amigas, con gran satisfacción de Celestina, orgullosa de ver tanta gente.
—Hay aquí más visitas que en casa del alcalde—decía.
Francisca ha estado a punto de tener otro pique con la Bonnetable, a la que se obstina en contrariar en todo; pero la abuela lo ha evitado dos veces, cortando la palabra a la incorregible niña mimada. La Roubinet, como de costumbre, ha dicho lindas frases sobre el primero de enero, y cuando deseó amablemente un marido a las solteras presentes, la virtuosa Melanval no dejó de exclamar:
—Con el permiso de Dios, por supuesto...