Abro la carta y descubro con encanto el milagroso hallazgo... El alma hermana está en mis manos, al menos por la expresión de sus pensamientos... ¡Qué dichosa soy!...
«Señora:
«Agradezco infinito al periódico que me procure el honor de escribir a usted sobre un asunto que tanto me interesa.
»Soy soltero y estaría bastante resuelto a casarme, si tuviese la suerte de encontrar una mujer que me gustase a mí y no a la servicial persona que quiera mediar para probarme que tal joven me conviene muchísimo. Tengo horror a los intermediarios en esta especie de cosas y votaría con gran placer una ley que castigase a las personas cuya especialidad consiste en hacer la felicidad de los demás.
»A mi edad—30 años el mes próximo,—se sabe bien lo que se quiere y lo que no se quiere. Puedo juzgar por mí mismo, y como mi fortuna me permite no mirar a la de la mujer con quien me case, no me molesta ningún prejuicio...»
—¡Ah! eso es—exclamé sin dejar de leer.
«No deseo ni dote, ni relaciones, ni gran trascendencia intelectual en mi prometida, y sé que solamente con sentirla en perfecta comunidad de ideas conmigo, podré amarla.
—Lo mismo que yo con un marido, murmuré con unos latidos del corazón que no me dejaban respirar.
«Ahora bien, señora, no creo que se puede amar a una joven que en la primera entrevista aparece desempeñando un papel convenido de antemano. Cualesquiera que sean sus atractivos, son artificiales, y confieso que, por mi parte, renunciaría a adivinar lo que pasa en aquel cerebro velado, como no me arriesgaría a augurar las causas que hacen moverse a un corazón que vive bajo tan lindos atavíos.
»La joven casadera es un enigma difícil de descifrar, siendo así, que yo quiero descifrar a mi prometida antes de querer a mi mujer. Para amar hay que conocer y no basta la etiqueta...