Genoveva iba más lejos y decía:

—Tu alter ego.

—Figúrese usted, señora, que este señor Baltet no me parece ya un extraño... Le adopto, le acaparo y hago causa común con él...

—De prisa vas—respondió Genoveva maliciosamente.—¡Qué lástima, mamá, que el señor Baltet y Magdalena no se conozcan!...

No pude menos de ruborizarme al oír estas palabras que estaban tan en el tono de mis ideas, y me apresuré a distraer la atención de Genoveva, que empezaba a pesarme un poco.

—Nuestros estudios adelantan mucho, ¿verdad?—dije con una flexibilidad de tono digna de Francisca.

—Sí—respondió la de Ribert,—y estoy muy satisfecha al ver que los hombres no son tan egoístas como yo temía. Decididamente, hay unanimidad en las quejas contra la educación de las jóvenes actuales... Tengo aquí otras cartas en el mismo sentido.

—¿Sí?—exclamé esforzándome por olvidar al señor Baltet para no pensar más que en la correspondencia de la de Ribert.—¿Qué se les reprocha de nuevo?

—De nuevo, poco. Esos señores se quejan con una notable unanimidad del espíritu de independencia, de la coquetería y del ardor por los sports que distinguen a las muchachas... Y el piano, el pobre piano, qué tempestades levanta...

—Y hay madres que creen que la música es una preciosa añadidura al dote de sus hijas—dijo Genoveva con una risa que nos puso de buen humor.