—Se equivocan como unas estúpidas—exclamó una voz burlona y vibrante, la voz de Francisca, que entraba en este momento en el saloncillo.—Y bien—añadió, después de darnos un vigoroso apretón de manos,—¿hay indiscreción en preguntar a ustedes qué dicen esos imbéciles?...

Y sin oír el grito ordinario de protesta que se nos escapó a pesar nuestro: «¡Oh! Francisca,» se instaló cómodamente en un sillón. La de Ribert le echó una mirada escandalizada al verla sentarse con las piernas cruzadas, postura con que la incorregible Francisca se complace en excitar la indignación de las respetables aiglemontesas. La buena señora se calló sin embargo.

—He encontrado mi alma hermana, Francisca... He...

Una imperiosa mirada de la de Ribert me cortó la frase. Era visible que, según ella, acababa de cometer otra tontería. No comprendo esos misterios para una cosa tan sencilla... Pero como ya no podía retroceder di a Francisca la carta del señor Baltet diciéndole sencillamente:

—De mi alma hermana.

—Entonces será tan mema como tú—respondió Francisca,—y no es poco decir, mi pobre Magdalena...

Leyó y releyó la carta como para pesar sus términos.

—¿De modo que este majadero es tu ideal?—preguntó en tono burlón en cuanto acabó la lectura.—¿No ves, inocente, que tiene todas las cualidades para ser engañado?...

—¿Cómo es eso?—dije admirada por la apreciación de Francisca.

—Ese señor es demasiado cándido—continuó.—Para cogerle y acapararle no hay más que hacerle creer que se tienen los mismos gustos que él, y ¡pan! ya está pescado...