—Qué cosas dices—murmuré confundida.

—De tu alma hermana... ¿eh?... Si tu abuela te hubiera dejado leer la mitad solamente de los librotes que yo he leído, razonarías como yo, mi pobre Magdalena.

—Y sería una lástima—respondió la de Ribert, muy descontenta esta vez.—Usted, Francisca, tiene un modo de ser poco tranquilizador... No comprendo...

—¿Que tenga estas ideas sobre la especie masculina?... ¡Ah!—suspiró Francisca cómicamente,—yo puedo asegurar que los hombres no valen nada, puesto que...

—Puesto que no se casan contigo—añadió Genoveva.

—Tú lo has dicho—respondió Francisca imperturbable.—¿Sabe usted lo que a los mejores les gusta más en nosotras?

—No—contestó la de Ribert divertida a pesar suyo.

—Nuestros defectos.

—Pero, Francisca—dijimos con indignación,—¿cómo puede usted decir una cosa semejante?

—Dios mío, no griten ustedes tanto—respondió poniéndose las manos en los oídos.—Certifico que un exceso de cualidades en la mujer aleja a los pretendientes... En cambio una llena de defectos se casa en seguida.