—Entonces está usted madura para el matrimonio—respondió la de Ribert medio enfadada, medio en broma...

—Lo creo... con un poco más de mis 2.000 pesos de dote, hace mucho tiempo que estaría casada. Esos caballeros me encuentran encantadora.

—Y muy mal educada—añadió la de Ribert.

—Eso es lo más sabroso... Usted, señora, no entiende nada de amor...

—Francisca—replicó la de Ribert, muy severa esta vez,—si sigue usted así voy a ponerla en la puerta.

—Señora—exclamó Francisca con una flexibilidad enteramente felina,—hablaba en broma, no me regañe usted... Era para escandalizar a Magdalena, cuya expresión de inocencia me divierte mucho.

Y Francisca me envió un beso con los dedos mientras la de Ribert seguía mirándola de un modo poco tierno... Qué idea la de tomar en serio lo que dice esta loca de Francisca... Es tan niña...

—¿Puedo escuchar aún, algunos párrafos de esa correspondencia de solteros?—preguntó Francisca.—Prometo ser buena como una imagen y respetuosa como un leño.

La mirada de la de Ribert se dulcificó ante el tono de la petición, que produjo en todas una franca carcajada.

—Al lado—dijo,—de todos los motivos de abstención ya enumerados, hay aquí una carta según la cual se debe atribuir el celibato de muchos al desarrollo del lujo. Su autor, hijo de un antiguo zuavo pontificio, cita una frase de Pío IX a la señorita de Gentelles: «Es el lujo lo que con frecuencia desune a los esposos y con más frecuencia todavía impide la conclusión de los matrimonios; pues apenas se encuentran hombres que consientan en cargarse con tan enorme gasto.»