—Pío IX debía de tener la presciencia de mis pretendientes—exclamó Francisca con graciosa convicción.—¿Y qué van ustedes a hacer de todas estas noticias?
—Nada—respondió la de Ribert.—Es una satisfacción para mí saber que los jóvenes tienen buenas razones para no lanzarse a un matrimonio arriesgado... Las muchachas de la clase media están muy mal educadas y no quieren a los hombres de posición análoga a la suya.
—Eso no es cierto—dijo Francisca.—Un marido no importa cómo, sea quien quiera, en cualquier parte que se encuentre, aunque sea en la China, es todo lo que yo pido.
—¡Qué Francisca ésta!—murmuró la indulgente Genoveva con una mirada suplicante hacia su madre para que no respondiese a Francisca.
La de Ribert me leyó todas las cartas recibidas, y dejé a aquellas señoras, llevándome la carta de mi alma hermana, que Genoveva me puso en la mano en el momento de salir.
Cuando entré en casa, la abuela, que estaba en el salón, notó en seguida mi alegría y levantó la cabeza tan bruscamente que se le cayeron las gafas a la alfombra.
—Muy risueña estás, hija mía—me dijo con su bondad habitual.—¿Qué hay?
Sin tener en cuenta su animosidad por nuestras investigaciones, se lo conté todo y le leí triunfalmente la carta del señor Baltet. Esperaba yo un sermón sobre las costumbres actuales y violentos reproches sobre el modo de ser de las jóvenes modernas, pero, con gran asombro mío, la abuela se contentó con mirarme con sorpresa y exclamó en tres tonos diferentes:
—Calla... calla... calla...
Después se aseguró tranquilamente las gafas en la nariz, cogió su labor y habló de otra cosa...