¡Qué cosa tan singular es una idea fija!...

Creo, palabra de honor, que no pienso ya más que en el señor Baltet... Llevo la necedad hasta poner su carta debajo de mi almohada... Es un colmo y un colmo estúpido, como diría Francisca. ¿Qué necesidad tengo de la carta del señor Baltet para dormir?...

¿Estaré enferma?

Saco la lengua delante del espejo, y la encuentro magnífica... Me tomo el pulso y nada tiene de anormal... ¿Qué es entonces todo esto?... ¿Existe un resfriado moral?...

Todo me lleva invariablemente a ese señor Baltet a quien no conozco. Ayer encontré a Petra que, con tierna solicitud, iba a acompañar a paseo a Simona y Gertrudis de Erinois, y no pude menos de pensar que sería yo muy feliz paseándome así con las niñas de Baltet... si es que existen niñas de Baltet... La de Brenay acapara a los Erinois, padre e hijos; todo Aiglemont se interesa por la lucha Brenay-Erinois, como llaman a la nueva intentona de esta ambiciosa señora de Brenay. Se hacen apuestas, y Paulina me ha contado que su padre ha apostado un peso a que la boda no se hace. La de Aimont está muy descontenta porque teme que esta historia de la apuesta llegue a oídos de los Brenay, que se pondrían furiosos.

—Pero también—objetaba la de Aimont,—no se comprende semejante imprudencia... Petra ha recorrido ayer toda la calle de Thiers con las niñas de Erinois... Es correr detrás del padre demasiado visiblemente.

No veo que haya una relación tan visible entre el padre y las hijas, pero esto debe de consistir en mis preocupaciones personales.

¿Será que mi cabeza descarrila, como dice algunas veces la abuela?...

29 de enero.

Esta tarde, me ha sorprendido la abuela registrando el diccionario geográfico.