—¿Qué buscas, Magdalena?

—Nada, abuela... El nombre de una población—balbucí ruborizándome de un modo anormal.

—¿Qué nombre?

—Bellefontaine—murmuré ocultando esta vez la cara en el libro.—Tiene 6.000 habitantes—dije sin atreverme a levantar los ojos.

—Un poco menos que Aiglemont—respondió la abuela sin fijarse lo más mínimo en mi confusión.—Me gustan esos pueblos pequeños... Las costumbres son en ellos apacibles y honradas...

Dicho esto, me dejó con el pretexto de dar órdenes a Celestina. No sé por qué me pareció sorprender un relámpago de satisfacción en la mirada que me echó al cerrar la puerta...

2 de febrero.

Descarrilo, positivamente.

Esta mañana, después de misa, me he encontrado delante de la imagen de San Antonio con la de Aimont. San Antonio es menos comprometedor que San José y las muchachas casaderas pueden rezarle sin que todo el pueblo sea informado inmediatamente de que están en instancia con el Cielo para obtener un marido.

La de Aimont estaba confusa y yo también. Ella rezaba por el señor de Martimprey a fin de que el santo favoreciese el matrimonio de su hija. Yo suplicaba a San Antonio en favor del señor Baltet. Pero sin precisar.