—He perdido unas llaves que me hacen mucha falta y vengo a encomendar mi causa a San Antonio—me dijo la de Aimont al oído.
—Yo he extraviado un pañuelo de valor—respondí con la misma sinceridad,—y espero que San Antonio...
Cambiamos un apretón de manos y no hubo más.
La de Ribert, a quien encontré al salir de la Catedral, me dio broma amablemente sobre mi repentino desencanto respecto de nuestros estudios...
Protesté, pero débilmente y sin convicción. Para explicar mi cambio de actitud alegué unos trabajos urgentes de pintura. La abuela, que se reunió con nosotros en este momento, cambió con la de Ribert una mirada de inteligencia que me ruborizó... Por fortuna, la conversación tomó otro sesgo.
¡Dios mío, te lo ruego, haz que ni la abuela ni la de Ribert adivinen mi niñería!
10 de febrero.
Francisca, extrañada porque no me encuentra en ninguna parte, ha venido a buscarme esta mañana.
Vamos a ver, Magdalena—me gritó desde el umbral de la puerta,—vengo a saber por qué desapareces así de la circulación. ¿Por qué no has ido a casa de Petra ni a la de Paulina?... Te hemos echado mucho de menos... Si supieras cómo nos hemos reído... La de Brenay se cree ya suegra del Barón de Erinois; habla de él con un orgullo extravagante y mima a las chiquillas cuanto puede...
—¡Ah!—dije aparentando interés.