20 de febrero.
—¡Qué revolución en mi vida!...
—¡Oh! qué inmenso agradecimiento el mío a mi buena y querida abuela... Y pensar que estaba yo a punto de creer que su abnegación se debilitaba... Qué monstruoso error y qué ingratitud sin ejemplo...
Esta mañana, almorzando, la abuela me hizo observar que estaba quedando mal con la de Ribert y que no debía abandonarla así, después de haberla molestado tanto con mis deseos de estudio.
Si ahora te interesan menos las solteronas—dijo la abuela con fina sonrisa,—no por eso debes tomar ese aspecto despegado... Hace más de cinco meses nos estás fastidiando con tus solteronas... ¡Dios mío! qué disgustos me has dado... En fin, ya pasó...
—¿Qué es lo que ha pasado?—pregunté fingiendo no comprender el pensamiento de la abuela.
—Tu incomprensible gusto... Para ti no había más que las solteronas... Sólo ellas eran buenas y perfectas...
—No, abuela. Pero convengamos en que son tan buenas y tan perfectas como las casadas... o más.
—¡Bah! no hablemos más... Para salvar tu reputación, iremos esta tarde a casa de la de Ribert... No quiero que esta excelente amiga te juzgue mal.
Se convino que a las tres dadas me encontraría dispuesta para acompañar a la abuela, y como no quería, de ningún modo, sufrir un interrogatorio malicioso, envié dos letras a Francisca para que se encontrase a las tres en casa de la de Ribert. Contaba con ella para cambiar de conversación e impedirla que fuese desagradable para mí.