—Si cedes, todo está perdido.
—No cedo—respondí;—pero, en fin, Francisca, yo no conozco al señor Baltet...
—Que no le conoces... ¿Y la famosa carta?...
—Es verdad; existe la carta.
—Una carta como esa, basta para inflamar un corazón...
—Un corazón inflamable—rectifiqué,—pero no uno como el tuyo.
—No se trata de mí—respondió Francisca.—sabes que yo no represento más que los papeles de coqueta, mientras que tú eres una enamorada de nacimiento...
—¿Verdad?...
—Sí, cuando yo te lo digo...
¡Buena y querida Francisca!... Qué suerte tiene de saber tanto... Hemos discutido juntas el santo a quien hay que rezar para conseguir que el señor Baltet llegue a conocerme. Yo me inclinaba a San Antonio, pero Francisca no es de mi opinión y me encomienda a Santa Magdalena. Me ha traído el librito del padre Lacordaire para excitar mi confianza en la querida santa.