Pero... si es él, es que la abuela y la de Ribert me han adivinado... ¡Qué vergüenza!
Por un violento esfuerzo, logro recobrar un poco la calma, pero no puedo hablar... Francisca, que lo ha comprendido todo, se divierte grandemente, ríe, habla, afecta su expresión reservada de los buenos días, y exhibe de vez en cuando algún ingenio. Está encantadora, mientras que yo tengo la sensación de estar estúpida como una docena de gansos reunidos... La de Ribert me mira con reproche, la abuela con ansiedad, y las dos están casi duras con Francisca, y cortan intencionadamente sus frases más brillantes... Por fortuna para mi amiga, su humor parece estar en buen tiempo fijo y me quedo asombrada de su dulzura desusada. ¡Pobre Francisca! Hace eso por mí... Qué buena es...
La de Ribert nos explicó en pocas palabras cómo había conocido al señor Baltet, y habló de sus investigaciones sobre el celibato... La abuela sonrió... El señor Baltet tomó parte en la conversación... Genoveva habló también... Solamente a mí no se me ocurrió nada que decir... Era tan feliz con mi absurda angustia... No sé cuánto tiempo duró la visita, pero cuando la abuela se levantó, di un suspiro de pena... La abuela lo notó probablemente, pues invitó al señor Baltet a ir a casa al día siguiente, con aquellas señoras, para ver unas antigüedades que podía enseñarles.
El señor Baltet dio las gracias y aceptó, diciendo que quería aprovechar su estancia en Aiglemont para hacer unos estudios arqueológicos del mayor interés. Tiene una carta de recomendación para el padre Tomás, lo que pareció encantar a la abuela.
Pero Francisca dio un violento golpe a su encanto, expresando que tendría mucho gusto en ser admitida a contemplar esas cosas que tanto le gustan. La abuela no había comprendido ciertamente a Francisca en la invitación, pero la curiosilla desempeñó perfectamente bien el papel de aficionada a antigüedades, y hasta tomó cierta expresión profunda al hablar de arqueología, todo para ablandar a la abuela y conseguir que no se le cerrase la puerta... El señor Baltet parecía ver con placer las diversas evoluciones de Francisca. Cómo se hubiera reído si hubiera sospechado la comedia que nos estaba representando...
Genoveva me acompañó hasta la puerta y me dio un beso tan tierno, que me sentí instantáneamente animada y libre de mi absurda angustia.
—Qué lástima, dejar a la de Ribert—dije a la abuela en cuanto salimos.—Creo ahora haber recobrado mi presencia de ánimo y hubiera gozado más de la presencia de mi alma hermana...
—Silencio—dijo la abuela;—esperemos a estar en casa para hablar libremente...
Al llegar, me eché en los brazos de la abuela, y sólo mis lágrimas le dijeron elocuentemente mi agradecimiento.
—¡Querida abuela!—suspiré, cubriéndola de besos.