—¿Estás contenta, hija mía?—me preguntó con voz conmovida, devolviéndome con usura mis caricias.
—Abuela, abuela... ¿Habías adivinado?... Qué ángel guardián...
—No era difícil—respondió.—Eres tan misteriosa, pobre hija mía, que llevas el secreto escrito en la frente...
—¡Dios mío! y yo que apenas lo sabía... Sin Francisca, no lo hubiera sospechado siquiera...
—Dichosa inocencia—exclamó la abuela riéndose.—Pero—añadió más severamente,—te ruego, Magdalena, que no acojas a Francisca como lo haces... Es astuta esa muchacha... Me contraría el verla mañana con el señor Baltet...
—¿Por qué?—pregunté sorprendida.
—Por nada—respondió la abuela, haciendo un movimiento como para ahuyentar un pensamiento importuno.—Hablemos de nuestro complot...
Me contó entonces que había vigilado mis impresiones, que se había confiado al padre Tomás, y que la de Ribert había prestado su concurso a la conspiración. Con el pretexto de comunidad de ideas, había respondido directamente al señor Baltet. Este había pedido con la misma ocasión algunos datos sobre los descubrimientos arqueológicos hechos en Aiglemont, y la de Ribert había respondido tan bien, que el señor Baltet manifestó el deseo de venir a juzgar personalmente. Y todo se había arreglado.
—De modo—pregunté mordida en el corazón por una secreta angustia,—que no se ha tratado de mí...
—Nada de eso—respondió la abuela.—Acuérdate de la declaración de principios del señor Baltet... Creo que hablaba de exterminar a todo intermediario en un asunto matrimonial... No era este el caso de probar...